De erasmus a los tejados nevados de Helsinki

Antonio Arosa fue a Helsinki porque tenía curiosidad por aquello de las noches de 24 horas y los días que duran meses. Tenía 20 años y estaba inmerso en el bullicio de los primeros años de facultad. Estudiaba Bellas Artes y quería ver mundo y vivir cosas nuevas. Allí conoció a Helka y él se enamoró de su país. Por eso decidió quedarse todo el verano una vez que terminaron las clases. Regresó, y fue ella quien al año siguiente eligió Pontevedra como destino de su bolsa de estudios. Y Antonio se enamoró también de ella. Tras concluir el año de beca, la joven finlandesa pidió una prórroga por otro curso más y, tras dos años de relación, la pareja ya no se separó.

Así que Antonio cogió las maletas -ya había dejado los estudios de Bellas Artes- y se fue a la capital finlandesa. Trabajó de casi todo, y casi siempre en ciclos de dos años. Lo primero que hizo nada más llegar fue, tirado por la vocación, encontrar un puesto de trabajo en una marquetería que también era galería de arte. Tras un par de años lo dejó y pasó a integrarse en un grupo de aficionados a la escalada. Era un deporte que siempre le había gustado, pero en el país nórdico contaba con la ventaja de que no es necesario estar federado para practicarla, cosa que sí se necesita en España.

Fue este grupo de escaladores el que lo metió en el que fue posiblemente uno de los empleos más peculiares de su vida: quitanieves de los tejados de edificios de Helsinki. Su cuadrilla tenía asignado un barrio y, en función de cuánto nevara, tenían que trabajar con más o menos intensidad. Estaba formada por seis compañeros, además de él mismo, y necesitaban echar mano de sus habilidades subiendo alturas porque en algunas ocasiones tenían que descolgarse desde la azotea para poder sacudir la nieve de los inmuebles del centro.

Era una medida de seguridad importante. Arosa explica con naturalidad que allí es una causa de muerte, no habitual, pero tampoco extraña. Las nevadas son tan abundantes la mayor parte de los inviernos, que cuando llega la primavera el agua comienza a derretirse y se forman placas de hielo que, si caen a la calle, pueden matar al transeúnte que tenga la mala fortuna de pasar por allí en ese momento. «Ese año, en el barrio vecino al nuestro ocurrió y murió una señora mayor», señala. Recuerda aquella etapa como algo divertido, aunque reconoce que «no vale para todos», cuenta. También asegura que, «con esto del cambio climático, cada vez nieva menos aquí».

Y, así, poco a poco, con el tiempo fue pasando la vida y llegaron a las suyas sus dos pequeños, Kuisma y Halti, que ahora tiene 8 y 6 años de edad. El primero lleva el nombre de una planta el hipérico, y el segundo el de la montaña más alta de Finlandia, y viene a expresar «protección». Son solo dos pruebas más de su verdadera pasión: la naturaleza. Tras ver la aurora boreal y disfrutar de los paisajes de su país de adopción, el pontevedrés -que ahora cuenta 35 años- decidió mudarse a un pueblo situado a noventa kilómetros de la capital.

Se llama Lapinjärvi, y allí vive con su novia Veera, una guía de montaña licenciada en Biología con la que está ahora de escapada en un parque natural que hay a una hora de su lugar de residencia. A la vuelta volverán a hacerse cargo de las tres ovejas -un carnero, una oveja y un cordero-, los tres conejos, el gallo, los dos pollitos y las seis gallinas -una de ellas está incubando- que tienen en casa. Además de sus dos perros. Can, por cierto, es palleiro y se viajó desde Galicia con él para convertirse en su sombra.

Lo primero que hizo nada más llegar al pueblecito en el que vive fue empezar a trabajar en tienda del centro. Tuvo mucha suerte, dice, «porque me ayudó mucho a asentarme, porque si no habría sido difícil sin trabajo ni contactos». También lo recuerda como algo «divertido, porque era el español del pueblo». Mientras, el Estado le ofreció cursos de integración en los que, además de enseñarle el idioma, le instruían sobre cómo hacer entrevistas de trabajo, por ejemplo. Una regla fundamental es no sonreír. Hay que mantenerse serio durante todo el encuentro -«nos hacían mucho hincapié a una compañera sevillana, a otra de Costa Rica y a mí», dice, riendo- y, a la hora de estrechar la mano, mantener el brazo estirado para respetar el espacio mínimo de intimidad.

Es algo que se nota, no solo a nivel profesional, sino también en las relaciones personales. «Los finlandeses no dan abrazos así porque sí. Se nota el tema de la cultura en la familia, les cuesta mostrar sus sentimientos», reconoce. El carácter nórdico, asegura, también explica que haya muchos ciudadanos de estos países que no sean capaces de soportar el cambio radical que se produce entre los meses de oscuridad y frío del invierno y la explosión de colores, calor y vida que se da en primavera. Él, dice, no se ha dejado contagiar de esa parte de Finlandia.

Fuente:  lavozdegalicia.com